Cuento sobre el secreto
- Maitena Dubas
- 24 abr
- 2 Min. de lectura
Lo que no se ve, pero está...
Esa noche mi hermana no estaba rara, estaba demasiado tranquila.
Habíamos apagado la luz de la habitación y nos quedamos hablando en voz baja como lo hacíamos siempre. Afuera, el ruido de los autos llegaba apagado. Adentro, todo parecía en silencio.
Esta noche nuestra charla no fue como la de todas las noches, era distinta. Nunca supe en qué momento empezó realmente. Si fue esa noche, o si venía pasando desde antes y yo simplemente no lo veía, en cambio mi hermana sí. Ella lo decía con una seguridad que me incomodaba, como si hablara de algo evidente.
—Estoy hablando con alguien, dijo de pronto. Pensé que era un chiste y no me reí.
—¿Con quién? le dije yo.
—Con alguien que está acá, ella me contesta.
Giré la cabeza y miré la habitación era la misma de siempre; la silla con ropa, la puerta entreabierta, la ventana cerrada y nada fuera de lugar.
—No hay nadie, respondí de pronto.
—Sí hay —respondió, sin dudar—. Yo lo veo.
Me incorporé un poco, incómoda y le volví a repetir que no lo podía ver.
—Porque no querés, me respondé ella.
El silencio que siguió fue incómodo, pesado y pensé en decirle a mis padres. Pensé en levantarme en ese mismo momento, ir hasta su habitación y contarles todo, que mi hermana decía ver a alguien, que hablaba sola y que algo no estaba bien.
—No se lo digas a mamá y papá —dijo de repente.
Me quedé quieta. —¿Qué?, le respondo
—No les cuentes, insistió— No lo van a entender.
—¿Y yo sí tengo que entenderlo? —le respondí, más fuerte de lo que quería—. Esto no es normal.
—Para vos no —dijo—. Pero está pasando igual.
Me incorporé en la cama. y le dije, —Les voy a decir.
Ella también se sentó. Por primera vez, dejó de sonar tranquila.
—No —dijo, seca—. No podés.
—¿Por qué?
—Porque si lo hacés, va a ser peor.
—¿Peor para quién?
No respondió enseguida y miró hacia un punto fijo de la habitación, como si alguien más estuviera ahí escuchando con nosotras.
—Para todos.
Sentí un escalofrío. Esto no tiene sentido, dije. Estás hablando con alguien que no existe.
—Existe —repitió—. Y no quiere que lo sepas así.
—¿Así cómo?
—Contándolo.
La palabra quedó flotando entre nosotras.
Yo quería hablar. Quería decirlo en voz alta y traer a alguien más a esa escena para que dejara de ser solo nuestra. Ella, en cambio, quería mantenerlo ahí, en la oscuridad, en secreto.
—No podés pedirme que me calle, le dije.
—No es un pedido, respondió bajando la voz.
— Es lo que tenés que hacer, me volvió a decir.
La miré sin entender del todo o tal vez entendiendo demasiado.
Esa noche no dormí y me quedé despierta pensando en si al día siguiente iba a hablar o no. En si era mejor decirlo o seguir fingiendo que nada pasaba.
No veía a nadie, sigo sin verlo.
Pero desde entonces, cada vez que estoy a punto de contarlo siento lo mismo,
como si alguien más estuviera escuchando...




Comentarios