Fotos familiares
- Maitena Dubas
- 24 abr
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 28 abr
A continuación voy a poner fotos de momentos y personas que me hicieron y me hacen sentir querida y amada. Donde siempre tienen la palabra justa para mí. Y de pasar o haber pasado los días con ellos me hicieron ser lo que soy hoy....


Ver esta foto es como volver a un momento que quedó guardado intacto. Me doy cuenta de que es una de mis favoritas, no por cómo está sacada, sino por todo lo que contiene. Estoy ahí chiquita, riéndome sin pensar, con la cara manchada y las manos ocupadas en un pedazo de comida, completamente feliz. A mi lado está ella, tan cerca que casi no hay distancia entre las dos, compartiendo ese instante simple que, sin saberlo, se vuelve enorme. No hay nada preparado, solo dos personas siendo ellas mismas, riéndose, comiendo, acompañándose. Y en esa naturalidad aparece lo más importante.
Porque esa mujer no es solo alguien que está en la foto.
Esa mujer es mi madrina. Pero para mí es mucho más que eso. Es una persona que siempre está, incluso cuando no digo nada. Me escucha sin juzgar, me entiende en mis silencios, me mima y me consiente hasta en los días más simples. Es una de las personas que más sabe de mí, de lo que soy y de lo que siento. La considero como una segunda mamá, alguien fundamental en mi vida.
Hay algo en esta imagen que lo dice todo sin necesidad de explicarlo: la cercanía, la confianza, el amor. Esa Maite chiquita que aparece en la foto, con su risa desordenada, ya lo sabía. Sabía que iba a tener a una de las mejores personas a lo largo de su vida.
Porque eso somos juntas... un pequeño desastre, pero un desastre compartido. Y en ese “desastre”, en esa risa, en ese momento tan simple, está todo lo que nos une.



En la fotografía se construye una escena íntima, casi detenida en el tiempo. En primer plano está mi abuelo. Lleva puesto un suéter tejido que sugiere abrigo y costumbre, como si fuera parte de su rutina diaria. Hay algo en su expresión que transmite historia, paciencia, una vida llena de cosas vividas que no necesitan ser dichas.
A su lado estoy yo, más chica, concentrada en un dibujo. Sostengo un marcador con firmeza y dejo que la hoja se llene de trazos, ajena a todo lo demás. Sin embargo, la cercanía entre los dos construye algo que va más allá de la escena, no hace falta mirarnos para saber que estamos juntos. Él acompaña en silencio, sin interrumpir, simplemente estando.
Cuántas emociones caben en una sola imagen. Mi abuelo fue, a lo largo de mi infancia, un pilar fundamental, el que me repetía que todo lo que me propusiera lo iba a alcanzar. Hoy su ausencia pesa, aparece en lo cotidiano, en los recuerdos que vuelven sin avisar. Aun así, permanece de otra forma, en las anécdotas, en las conversaciones con mi papá, en esa sensación de cercanía que se reconstruye cada vez que lo nombramos.
Recuerdo las tardes después del colegio, cuando iba a su casa a dibujar mientras él tocaba la armónica, las charlas que parecían no terminar nunca, los domingos en familia alrededor de un asado, los cumpleaños compartidos, su manera de estar incluso cuando ya el cuerpo no le permitía todo. Son momentos simples, pero llenos de sentido los que hoy le dan forma a su recuerdo.
Mi abuelo es eso, presencia. Es alguien que siempre estuvo, incluso en lo más cotidiano dándole valor a cada instante. Me cuidó, me enseñó sin palabras, con gestos, con su forma de acompañar. Es de esas personas que saben de uno más de lo que dicen, que observan, que entienden. Para mí ocupa un lugar enorme, porque en su silencio también había amor, y en su manera de estar, una forma profunda de querer.







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