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Crónica de la marcha universitaria

  • Foto del escritor: Maitena Dubas
    Maitena Dubas
  • 26 may
  • 3 min de lectura

En democracia la ley se cumple.  

El martes de la mañana del doce de mayo comenzó amaneciendo con mucho frío y con la compañía de un cielo gris, pero esto no detuvo que desde temprano las calles empezaron a llenarse de gente. Principalmente en muchos sectores de la ciudad como lo son en las estaciones de trenes, en los colectivos y en las veredas cercanas al Congreso que se mezclaban estudiantes con apuntes bajo el brazo, docentes, familias enteras y jubilados que caminaban con carteles improvisados. No era una movilización más. Había algo distinto en el clima y era una mezcla de preocupación, cansancio y necesidad de hacerse escuchar.

Mientras avanzaba la marcha, entre bombos y banderas me llamo la atención una estudiante que sostuvo un cartel escrito a mano que decía, “La universidad pública no se recorta, se defiende”. Cuando le pregunté qué significaba para ella la universidad pública, respondió sin dudar “La universidad pública me permitió estudiar sin importar mi situación económica. Hoy siento que tengo que salir a defenderla para que otros también tengan esa oportunidad”. Su voz se escuchaba muy despacio entre los cantos, pero resumía una idea que se repetía durante toda la movilización, la universidad como posibilidad de futuro.


                             

   La marcha universitaria volvió a ocupar las calles frente al avance del desfinanciamiento educativo
   La marcha universitaria volvió a ocupar las calles frente al avance del desfinanciamiento educativo

La movilización reunió a miles de personas y dejó en evidencia que el conflicto universitario excede las aulas. En los últimos meses, las universidades nacionales denunciaron recortes presupuestarios, pérdida salarial docente y dificultades para sostener el funcionamiento cotidiano. Según informes difundidos por el sector universitario, desde el inicio del gobierno de Javier Milei los salarios docentes perdieron más del treinta porciento de su poder adquisitivo y muchos cargos con dedicación exclusiva quedaron por debajo de la línea de pobreza. A eso se suma el congelamiento de partidas presupuestarias y el conflicto judicial por la aplicación de la Ley de Financiamiento Universitario.

Sin embargo, en la marcha no sólo había estudiantes o docentes. También participaron madres, padres y trabajadores que quizás nunca tuvieron la oportunidad de poder estudiar una cerrera universitaria, pero entienden el valor social que tiene la educación pública. Una mujer que acompañaba a su hija me explicó, “Muchos creen que esta marcha es solo de estudiantes, pero nos afecta a todos. Una universidad pública desfinanciada significa menos médicos, menos científicos y menos oportunidades en el país”. A su alrededor, muchas personas asintieron al escuchar en silencio el testimonio de esta madre mientras avanzábamos lentamente.

La situación de las universidades públicas se volvió uno de los principales debates políticos del último tiempo. El gobierno nacional sostiene que es necesario reducir el gasto público y cuestiona el financiamiento universitario mientras que rectores, docentes, no docentes y estudiantes denuncian que el ajuste pone en riesgo el funcionamiento del sistema educativo y científico. El Consejo Interuniversitario Nacional, en distintos comunicados reclamó la ejecución inmediata de la Ley de Financiamiento Universitario y advirtió sobre las consecuencias del desfinanciamiento, como por ejemplo renuncias docentes, suspensión de proyectos de investigación y deterioro de las condiciones de estudio.

Otro testimonio que obtuve en medio de la movilización, es de otra estudiante que me hablo sobre el esfuerzo cotidiano que implica sostener una carrera universitaria. “Defender la universidad pública es defender la movilidad social. Acá estudia gente que trabaja, que viaja horas y que hace un esfuerzo enorme para recibirse. Vine con mis compañeras porque sentimos que nos están sacando derechos. La universidad pública nos forma, nos contiene y nos da oportunidades reales”, dijo mientras acomodaba una bandera sobre sus hombros.

Sus palabras recordaban muchas de las historias que atraviesan las universidades del conurbano y del interior del país. Estudiantes que son la primera generación universitaria de sus familias, madres o padres que vuelven a estudiar después de años, jóvenes que trabajan todo el día y cursan de noche, personas que encuentran en la universidad un espacio de pertenencia y crecimiento. En uno de los artículos difundidos antes de la marcha, donde el escritor Ariel Pennisi definía a las universidades públicas como lugares donde “se ensancha el sentido de lo posible”. Esa idea parecía hacerse visible en las calles, donde cada persona marchaba también por su propia historia.

Mientras caía la tarde y la marcha empezaba a dispersarse, las calles todavía seguían llenas de voces, banderas y conversaciones que dejaban en claro que la universidad pública representa mucho más que un lugar de estudio. Esta marcha mostró que defenderla es también defender la posibilidad de acceder al conocimiento, a la investigación y a un futuro con más oportunidades, porque detrás de cada paso en la marcha aparecía la misma certeza que la educación pública no debe convertirse en un privilegio, sino seguir siendo un derecho para todos.



 
 
 

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