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Cuento final

  • Foto del escritor: Maitena Dubas
    Maitena Dubas
  • 17 jun
  • 4 min de lectura

La visita.

La historia transcurre en la casa de mi tía, donde todos los años se realizaba la cena de Navidad. Era una casa grande y antigua, con patio, balcones y una terraza desde donde se veía gran parte del barrio. Durante diciembre se llenaba de luces de colores, guirnaldas y adornos que brillaban hasta la madrugada. En un rincón del living se levantaba un árbol enorme decorado con bolas rojas y doradas que parecían las mismas de todos los años. El olor a comida recién hecha, a la torta hecha por la abuela y a la pólvora de los fuegos artificiales se mezclaba con la música que sonaba desde temprano. Para nosotros, los chicos, era el lugar más feliz del mundo.


Sin embargo, aquella Navidad fue distinta desde el principio.


La celebración ocurrió a mediados de los años 2010, cuando todavía creíamos en Papá Noel y contábamos los minutos para que llegara la medianoche. Como cada año, mis primos y yo corríamos por el patio jugando con estrellitas mientras los adultos preparaban la mesa. Todo parecía normal hasta que llegó un hombre que nadie esperaba.

Era un tío lejano, al menos eso dijeron los adultos.

Nunca lo habíamos visto.

Ni siquiera habíamos escuchado hablar de él.

Llegó solo, cuando el sol empezaba a bajar. Traía una valija pequeña y vestía una camisa oscura a pesar del calor insoportable de diciembre. Recuerdo que sonrió al entrar, pero nadie le devolvió realmente la sonrisa. Los adultos se quedaron callados por unos segundos, como si no supieran qué hacer. Mi mamá intercambió una mirada rápida con mi tía , mi abuelo bajó la vista e incluso los perros, que siempre ladraban cuando llegaba alguien, se quedaron inmóviles observándolo.

Después de su llegada comenzaron a pasar cosas raras. Primero desaparecieron algunos adornos del árbol, nadie les dio importancia. Después fue una bandeja con turrones y más tarde, una de mis primas juró haber dejado una muñeca en el patio y nunca volvió a encontrarla. Los adultos decían que seguramente las cosas estaban mal guardadas o que nosotros las habíamos perdido jugando, pero el ambiente se volvía cada vez más extraño.

Cuando cayó la noche, las luces de la terraza empezaron a apagarse y encenderse solas. Mi tío decía que era un problema eléctrico, aunque las demás luces de la casa funcionaban perfectamente. A veces parecía que alguien caminaba arriba del techo y escuchábamos pasos lentos, arrastrados, como si una persona recorriera los bordes de la casa pero cada vez que alguien subía a mirar, no había nadie.

Los chicos empezamos a inventar explicaciones. Algunos decían que era Papá Noel preparándose para llegar y otros aseguraban que había un ladrón escondido. Yo no sabía qué pensar, pero sentía una incomodidad difícil de explicar y cada vez que miraba a aquel tío desconocido tenía la sensación de que él sabía algo que los demás ignoraban.


Durante la cena ocurrió otro episodio extraño. Mientras los adultos conversaban, una copa se cayó sola de la mesa. No fue empujada por nadie. Simplemente se deslizó unos centímetros y terminó estrellándose contra el piso. El ruido hizo que todos se sobresaltaran. Mi tía se persignó en silencio. Mi abuelo cambió de tema rápidamente.

Cerca de la medianoche, cuando ya esperábamos la llegada de Papá Noel, Santiago, mi primo mayor, señaló hacia la terraza.

—Hay alguien arriba.

Todos levantamos la vista.

Una figura iluminada por las luces del barrio caminaba sobre el techo. Llevaba un traje rojo y un gorro blanco. Los chicos empezamos a gritar de emoción. Papá Noel había llegado pero algo no encajaba. La figura permaneció inmóvil durante varios segundos observándonos desde arriba y desde abajo no podíamos verle la cara. Parecía demasiado alta y demasiado quieta, e incluso los adultos dejaron de sonreír por un momento.


Entonces Papá Noel saludó con la mano y los niños corrimos hacia el patio para verlo mejor. Fue en ese instante cuando descubrimos el problema que la escalera que llevaba a la terraza ya no estaba donde siempre había desaparecido.

Durante unos segundos nadie entendió qué estaba pasando pero Papá Noel seguía arriba del techo, mirando hacia abajo. Los adultos comenzaron a buscar la escalera por toda la casa sin encontrarla y algunos se reían pero otros parecían preocupados de verdad.

Desde arriba, Papá Noel preguntó cómo iba a bajar. Las carcajadas estallaron en el patio.

Finalmente, entre varios tíos lograron acercar otra escalera y ayudarlo a descender. Cuando tocó el suelo, los chicos lo rodeamos para recibir los regalos. La noche recuperó algo de su alegría habitual.

Sin embargo, al mirar hacia la terraza una última vez, vi algo que nunca olvidé.

Junto al borde del techo, donde unos minutos antes había estado Papá Noel, había otra silueta observándonos. Era oscura y delgada, parecía una persona pero parpadeé y desapareció. Quise señalarla, pero nadie más la vio.

Al día siguiente, mientras los adultos desayunaban, alguien encontró la escalera perdida apoyada contra una pared del fondo del patio. Nadie recordaba haberla movido. Tampoco aparecieron los adornos desaparecidos, la bandeja de turrones ni la muñeca de mi prima.

Y lo más extraño de todo fue que aquel tío desconocido se fue temprano, antes de que despertáramos y nunca volvió a asistir a otra Navidad.

Con los años pregunté varias veces quién era realmente y las respuestas siempre fueron vagas. Algunos familiares aseguraban que era un primo lejano, otros decían que era amigo de alguien de la familia pero nadie parecía recordar exactamente de dónde había salido.


Hoy, cuando pienso en aquella noche, recuerdo el calor del verano, las luces de colores, la emoción de esperar los regalos y la figura de Papá Noel atrapada en el techo. Pero también recuerdo el silencio incómodo que acompañó la llegada de aquel hombre y las pequeñas desapariciones que comenzaron después.

Quizás todo tuvo una explicación. Quizás fueron coincidencias.

O quizás aquella Navidad, entre el ruido de los fuegos artificiales y la alegría de la fiesta, algo extraño se sentó a cenar con nosotros

 
 
 

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