Las tres escaleras
- Maitena Dubas
- 3 abr
- 2 min de lectura
Actualizado: 10 abr
Primer microcuento
Un domingo en la casa de mi abuela, que parecía igual a todos, se volvió extraño cuando vi que el comedor estaba separado por un vidrio imposible de atravesar. Frente a esto, con mis primos descubrimos tres escaleras y decidimos dividirnos para avanzar.
Yo elegí la escalera del medio y a medida que subía, el camino se volvía cada vez más peligroso. Los escalones se rompían, desaparecía la baranda y tuve que cruzar un vacío oscuro ayudándome con sogas. A pesar del miedo, seguí hasta llegar arriba, donde encontré una puerta.
Al abrirla, vi a toda mi familia reunida alrededor de la mesa, como si nada hubiera pasado.
Sin embargo, algo no cerraba. Cuando me acerqué, noté que el vidrio seguía ahí, pero ahora del otro lado. Entonces me vi a mí misma afuera, intentando entrar, lo que me dejó una sensación inquietante sobre la realidad y mi propia identidad.

Segundo microcuento
A los siete u ocho años íbamos a pescar y nos quedábamos en el rancho de mi tía, donde la humedad volvía la noche más pesada. Siempre llovía y se escuchaban cosas raras: pasos sin nadie y susurros en las ventanas. Esa vez apareció en el comedor un espejo que yo no recordaba, alto y oscuro, como si lo hubiera traído la tormenta. Nadie más parecía notarlo. Cuando me acerqué, mi reflejo tardó en imitarme; no me copiaba, me observaba.
Esa noche me desperté con la lluvia golpeando fuerte el techo. Salí al patio y vi la sábana colgada, inflada por el viento, con algo moviéndose detrás. Antes de correrla, noté el reflejo del espejo apoyado afuera, aunque sabía que estaba adentro. La corrí: no había nada.
Pero al darme vuelta, el patio había desaparecido. Solo estaba el espejo. La lluvia caía dentro de él y mi reflejo ya no aparecía. Del otro lado, alguien sostenía la sábana y me miraba, esperando.
Entonces entendí por qué nunca lograba ver qué había detrás: ese lugar era el espejo.
Y lo que desaparecía… era yo.

Tercer microcuento
La luna llena rosada selló la puerta sin hacer ruido. Quedé encerrada en una habitación sin salida, con pruebas y acertijos que debía resolver antes de que el tiempo se agotara. Cada error me restaba segundos; cada duda hacía el aire más denso.
Cuando el final parecía inevitable, apareció un espejo donde antes no había nada. No reflejaba la habitación, sino otra idéntica, invertida. Comprendí que la única salida era atravesarlo. Acerqué la mano y el vidrio se volvió líquido.
Del otro lado, alguien hizo lo mismo al mismo tiempo. Era yo. El tiempo comenzó a desvanecerse más rápido. Si cruzaba, una de las dos quedaría atrapada. Dudé apenas un instante pero fue suficiente.
El espejo se endureció y la habitación se cerró sobre mí. Desde entonces sigo ahí, esperando que vuelva la próxima luna llena rosada, cuando otra versión de mí intente salir… y repita el error.




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